¿Nuevo periodismo? (I)

•6 febrero 2009 • 4 comentarios

Quizás llego un poco tarde, pero eso no resta nada al motivo de esta entrada. Y como veo que me da para mucho, la voy a dividir en dos partes.

wyoming-urbaneja

En plrimer lugar, he de reconocer que la ya famosa broma de Wyoming a Intereconomía está muy sobada, pero sigue dando qué hablar. Sigo dudando de la opinión que puede aportar en este caso la Asociación de la Prensa de Madrid, con el señor Urbaneja a la cabeza. Creo que debe quedar muy clara la distinción entre los distintos ámbitos profesionales que encontramos en el mundo de la comunicación actualmente, y es un grave error considerar a todos ellos como periodismo. Lo que hace el señor Monzón poco tiene que ver con esta denostada profesión, que encaja más en el perfil del redactor con sueldo irrisorio y horas de sueño justas que en el del elitismo en el que se ha instalado ‘El Gran Wyoming’, ese personaje prepotente con nombre de estado norteamericano. Y que duda cabe de que se trata de una broma genial y atrevida, siempre dentro del ámbito al que pertenece.

Dejando esto claro, sí que creo que debemos hacer una profunda refelexión desde el punto de vista periodístico. Al otro lado de esta polémica nos encontramos con Intereconomía, un joven canal de televisión provocador, manipulador y ultraconservador donde los haya. Respecto a eso, sin duda hay que reconocer que se trata de una gran cagada. De hecho, una de las muy grandes. Es algo escandalosamente patético que alguien argumente una información ‘exclusiva’ porque parecía real. Pero desgranemos todo poco a poco. Toda mi tesis está basada en este video, en el que Xavier Horcajo, Director de Intereconomía TV, responde a Wyoming:

Durante mucho tiempo he aprendido que puedes tener toda la razón del mundo, pero con unas malas formas se pierde en menos de lo esperado. Las descalificaciones e insultos suenan a rabieta contenida, y menos mal que no tenían razón, que si la tuviesen, miedo me dan.

Me sorprende que se critique a La Sexta por hacer este tipo de trampas para atraer audiencia, y nada más empezar avise de que el sábado dirá en su programa quien subió el video a YouTube. Pues mira, no hace falta que lo expliques. Eso es aprovecharse de una cadena con 8’6% de audiencia media y atraer gente a otra que tiene un 1’1% (en datos de televisión por TDT, ya que Intereconomía TV no emite en analógico). Añadir que a mí, las visitas que tenga un video en YouTube me la soplan, y mucho menos me sirve como argumento para otorgarle credibilidad. Lo que tengan los españoles “en la nariz” para que “les cuadre el comportamiento del señorito Monzón” es meramente anecdótico. Una nimiedad con menos valor argumental que el famoso ‘porque yo lo valgo’.

Creo que está muy claro que el que se denigra es el ‘astuto’ que emite un video “porque me lo creo” y sin contrastar. Porque lo emite por interés. Y lo de los impuestos es un dato relevante, aunque supongo que no contrastado y carente de interés en este contexto. Por cierto, cojonudo te ha quedado lo de que estás orgulloso de tu programa. Eso demuestra que tipo de periodista eres.

Y lo de compararlo con el tema de los ertzainas ya me parece sublime. Perplejo me quedo, y sin argumentos más allá del sentido común.

De momento, dejo de escribir. La proxima entrada hablaremos desde el lado puramente periodístico de este tema.

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2008 se acaba… ¡Feliz 2009!

•31 diciembre 2008 • Dejar un comentario

A pocas horas de acabar el 2008 me siento delante de mi ordenador para escribir las últimas lineas del año. Tiene delito que este blog esté abandonado desde hace semanas, y me ponga a escribir en Navidad y el día de Fin de Año. ‘El ser humano es extraordinario’ decía el anuncio… Y yo soy un ser humano, vamos, creo.

No hay mejor forma que recurrir al humor para describir la dantesca imagen que muchos van a vivir esta noche. Así que, ahí va un magnífico monólogo de Florentino Fernandez sobre la Nochevieja.

Con esto os abandono.

 

¡Feliz 2009 a todos!

Feliz Navidad

•26 diciembre 2008 • Dejar un comentario

Como reconocimiento a los pocos que aun esperan que este blog resurja de sus cenizas cual Ave Fenix, vuelvo a escribir. Bueno, a escribir no. Vuelvo a postear porque simplemente voy a poner un vídeo de YouTube.

A los pocos lectores que aun restan en la famosa Red de redes, Feliz Navidad.

A vueltas con la crisis

•5 octubre 2008 • 1 comentario

A estas alturas, ya a nadie se le escapa que la situación preocupa. Hemos pasado la primera fase: asumir que hay crisis y aceptar que nos esperan tiempos dificiles. Estamos en la segunda: sufris. Cada día los lideres políticos se lanzan a una carrera de soluciones para paliar una crisis que ya se nos ha venido encima. Después del ‘Plan Bush’ para rescatar la economía estadounidense (y la mundial, no olvidemos el egocentrismo americano) se han reunido los principales líderes europeos para ver que demonios hacen con este gran marrón que se les viene encima. Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia. Falta España. Hemos desaparecido del mapa europeo. Nos lo creimos mucho cuando nos dijeron que habíamos superado a Italia en PIB por habitante, y como buenos españolitos que somos, la hemos cagado. Pero así de grande. ¿Para que demonios vamos a ir a esa reunión si para nosotros no hay crisis? ¿Que quieren, que les expliquemos que nosotros estamos de puta madre? No, por Dios. Sigamos debatiendo sobre si la oposición ha dejado de rascarse el ombligo (sé que le critico poco en este blog, pero es que no hacen nada ¿que quieren que diga?) o si la crisis viene de fuera. No jodamos, hombre. La crisis vendrá de donde quieran, pero los que están en el paro son los de aquí. No esperemos que vengan desde el origen de esta ola económica negativa a salvarnos el culo.

¿Que les parece si hacemos algo? Algo diferente a esperar, claro. No soy economista, ni lo seré, pero digo yo que algo podrá hacer nuestro queridísimo ‘Gobierno de España’ por nosotros. Quizás sea tan sutil que no lo percibimos, pero aquí todos pasan de buscar soluciones. Claro que sí. Les ponemos coche oficial, un sueldo para que puedan quemar billetes, hasta les dejamos la casa (que sería de Aznar sin sus paseos por los jardines de la Moncloa) y ellos, a cuerpo de rey. Con dos cojones.

Y mientras, ese selecto grupo de ineptos a los que llaman ‘jefes’ se dedican a investigar a los empleados que más trabajan. Que importancia puede tener que un empleado sea un holgazán si tengo a otro trabajando por incentivos que se lo gana día a día. Al cuello de los que trabajan, sí señor. Si es que el mundo está loco. Que lo paren que yo me bajo.

No puedo despedirme sin recomendar dos interesantes artículos:

Este del ABC

y este de La Razón

Espero que la crisis (o desaceleración) les toque le minimo posible.

La felicidad…

•28 septiembre 2008 • Dejar un comentario

Leyendo en Cuadernos de rodaje encontramos una excelente entrada sobre la felicidad.

Unos simples consejos bastante interesantes. Unos pequeños consejos en forma de ‘Guia para ser feliz’:

Hay que pedir a la vida lo que la vida puede dar (parece que solemos pedir cosas excesivas)

Rehúya a los agoreros, cenizos y agonías

Dado que la vida es un permanente conflicto, aprenda a manejarse en los conflictos

Dé trascendencia a la vida y valore lo importante (que puede ser –dicen- un amanecer)

Vuélquense en los que necesitan apoyo (ayudar siempre da cierto placer)

Buscar ser el mejor no es positivo. Hay gente que quiere ser superman, superwoman, superpareja, superpadre… Sea usted normal

Desarrolle la risa y el humor como fuente de energía positiva

 

Y de paso, otro texto que quizás a alguno le suene de algo:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, 
y más la piedra dura porque esa ya no siente, 
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, 
ni mayor pesadumbre que la vida consciente. 

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, 
y el temor de haber sido y un futuro terror… 

 

Pues nada, sean felices. Si pueden.

A tomar por culo

•23 septiembre 2008 • 2 comentarios

Recomiendo no leer esta entrada. De hecho, por vuestro bien, es mejor que no la leáis. En serio, no es un gancho. Simplemente escribo porque me apetece liberarme, porque lo necesito. Esta entrada es para mí.

Y es que al final uno ya acaba hasta los mismísimos cojones de este infecto mundo en el que vivimos. De este calabozo de mierda, de gente a la que odiar, a la mandar a tomar por culo una y otra vez. De este estercolero de esperanzas e ilusiones, de sueños rotos que nunca se cumplen ni se cumplirán. Este asqueroso mundo estoico donde no se puede decir lo que se piensa. Maldito atajo de cainitas descerebrados. Arrastrados sociales. Despojos marcianos. Putos pijos de colonia de 60€. ¡No valéis una mierda! Que os quede claro.

Y es que uno ya acaba hasta los mismísimos cojones de mojar con sus lágrimas la almohada una noche tras otra. De perder horas de sueño en pro de la reflexión masoquista, cuya única conclusión es más dolor. De tener los ojos hinchados, irritados, y de sentir un profundo quemazo interior cada vez que la ilusa idea de felicidad se asoma en las neuronas. Hasta los mismísimos acaba uno de tomarse una pastilla tras otra. Jodidas cápsulas que no tienen ningún efecto. Que destruyen un cuerpo ya de por sí bastante maltrecho.

Y al final uno explota. Y lo peor, se lleva todo por delante. Se va todo al garete. Se rompen todos los esquemas. Ya nada sirve. Sólo se puede volver a empezar. empezar de cero. Hacer lavado de cerebro. Borrar todo. Todo lo malo. Y también lo poco bueno que queda. Otra vez más. ¿Para que coño sirve toda esta mierda? Para nada. Para seguir igual que siempre. Porque da igual lo que digan. Las cosas no cambian, y menos de un día para otro.

Decía una canción de Los Beatles que ‘Al final el amor que recibes es igual al amor que has dado’ (In the end the love you take is equal to the love you make). ¡Qué poco he dado! Vaya mierda de amor debo de haber generado. O aun estoy esperando que llegue ‘ese final’.

A veces el dolor es tal que ni siquiera permite escribir cuatro jodidas ideas coherentes. Me hierve la sangre, y no de placer. Y lo peor es que no se como expresarlo. Ya ni mi querido pulpo de peluche comprado en Ikea me quiere escuchar. Esto es muy triste.

Pues nada, a tomar por culo todo. Os veo en el cementerio. O quizás tampoco.

El unico consuelo que me queda, es el de siempre: la sonrisa de un niño:

PD: La sensación al leer este texto es repugnantemente rara, pero el peso que me he quitado de encima ya nadie me lo devueve.

Groucho Marx y el crack del 29

•8 septiembre 2008 • 2 comentarios

La actualidad está que arde. Temas sobre los que escribir hay varios, pero no será la ocasión. Esta es una de esas ‘entradas comodín’ que todo escritor de blogs debe tener. Pero de la noche a la mañana se ha puesto de actualidad. Bueno, de actualidad relativa.

Resulta que servidor tenía que acudir hoy a la Universidad Miguel Hernández de Elche para recuperar una asignatura. Historia social y contemporánea. A parte de haber llegado tarde al examen (“¡menudo tráfico María!” pensaba resoplando), mi sorpresa ha sido cuando he leído las preguntas. Ha caído una que no sé porqué, ayer me dió el antojo de que caía (pura intuición femenina 😉 ), el Crack del 29. Concretamente, el único texto de estudio que me había mirado. Y resulta que buscando sobre este tema, encontré un interesantísimo articulo sobre el Crack del 29 escrito por el que posiblemente es el mejor genio que ha sucumbido a la humanidad, Groucho Marx. La ‘entrada comodín’ venía a ser este texto, y lo sigue siendo. Copio el articulo para su interés:

“Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercado de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.

Mi sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era calderilla en comparación con la pasta que ganaba teóricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.

Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo: – Hace un ratito han subido dos individuoss, señor Marx, ¿sabe? Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame, amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: “Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation” […]

Le di cinco dólares y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acababa de desayunar y todavía iba en batín. -En el vestíbulo de este hotel están las oficinas de un agente de Bolsa -dijo-. Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia. -Harpo -dije-, ¿estás loco? ¡Si esperamos hasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros! De modo que con mis ropas de calle y Harpo con su batín, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con una garantía del veinticinco por ciento. Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa esa garantía del veinticinco por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le quedaba a deber al agente. Era como robar dinero.

El miércoles por la tarde, en Broadway, Chico encontró a un habitual de Wall Street, quien le dijo en un susurro: -Chico, ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta los quinientos. ¡Cómpralas antes de que sea demasiado tarde! Lo sé de muy buena tinta. Chico corrió inmediatamente hacia el teatro, con la noticia de esta oportunidad. Era una función de tarde y retrasamos treinta minutos el alzamiento del telón hasta que nuestro agente nos aseguró que habíamos tenido la fortuna de conseguir seiscientas acciones. ¡Estábamos entusiasmados! Chico, Harpo y yo éramos cada uno propietarios de doscientas acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó. Dijo: – No ocurre a menudo que alguien entre con tan buen pie en una Compañía como la Anaconda.

El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran “arriba, arriba, arriba”. Hasta entonces yo no había imaginado que uno pudiera hacerse rico sin trabajar. Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles, ahora inexistente. -Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegará más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Luego añadió: -¿Por qué no abandonas el teatro y olvidas esos miserables dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway. -Max -contesté-, no hay duda de que tu consejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlín y con mi productor Sam Harris. Los que por entonces no sabía era que Kaufman, Ruskind, Berlín y Harris también compraban a crédito y que, finalmente, iban a ser aniquilados por sus asesores financieros. Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara quinientas acciones de la Auburn Motor Company.

Pocas semanas más tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo, con el señor Gordon […] El día anterior, las Auburn habían pegado un salto de treinta y ocho enteros. Me volví hacia mi compañero de golf y dije: -Max, ¿cuánto tiempo durará esto? Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson. -Hermano, ¡todavía no has visto nada!

Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo. – No sé gran cosa sobre Wall Street – empecé a decir en son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones? Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo: – Señor Marx, tiene mucho que aprender acerca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para llenar un libro. – Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora ¿qué estaba usted diciendo? Adecuadamente castigado y amansado, respondió: – Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, perro éste ha cesado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane. Con cierto cansancio pregunté: -¿Cree que es una buena compra? -No hay otra mejor -me contestó-. Si hay algo que todos hemos de usar son las tuberías. (Se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que apareciesen en las listas de cotizaciones.) -Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amigos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías. -Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí-. ¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de Tuberías Crane? Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para doscientas acciones; no, mejor aún, que sean trescientas

Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba doblar su valor en pocos meses.

En los periódicos actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta un centenar de dólares por dos entradas para ver My Fair Lady (1) (Personalmente opino que vale esos dólares.) Bueno, una vez pague treinta y ocho mil por ver a Eddie Cantor en el Palace […] Cantor era vecino mío en Great Neek. Como era viejo amigo suyo cuando terminó la representación fue a verle en su camerino. […] Encanto -prosiguió Cantor-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo? Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente no era así, y comprendí que se dirigía a mí. Eddie, cariño – contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio! Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo: -Precioso, ¿tienes algunas Goldman Sachs? -Dulzura -respondí (a este juego pueden jugar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas ¿Qué es Goldman Sachs? ¿Una marca de harinas? Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia mí. Por un momento pensé que iba a besarme. -¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman Sachs! -exclamó incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores. Luego consultó su reloj y dijo: -Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman Sachs. Creo que hoy ha cerrado a 156… ¡y a 156 es un robo! Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y nos separamos. ¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Figúrese, si no llego a ir aquella tarde al Teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia. A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento en que se abría la Bolsa. Aflojé el veinticinco por ciento de treinta y ocho mil dólares y me convertí en afortunado propietario de doscientas acciones de la Goldman Sachs, la mejor compañía de inversiones de América

Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Broadway. Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones se limitaban a la cantidad que tal y tal valor habían subido la semana pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros de toda la vida- en Wall Street. Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión.

De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: “Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse.”

Yo no estaba presente cuando la Fiebre del Oro del cuarenta y nueve. Me refiero a 1849. Pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la que ahora infectaba al todo el país. El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro de que hubiesen conseguido algo aunque lo hubieran intentado, pero en todo caso el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición.

Un día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presos del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores que por entonces solo tenían el nombre de tales. Luego el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando garantías adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías que desaparecían rápidamente.

Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. […] Todo lo que dijo fue: “¡la broma ha terminado!” Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo…se suicidó.

En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía. Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del Banco para cubrir las garantías. Las acciones de Cobre Anaconda se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (no creas que no he leído a Hemingway), y finalmente se estabilizaron a 2 7/8. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a United Corporation se saldó a 3,50. Las habíamos comprado a 60. La función de Cantor en el Palace fue magnífica ¿Goldman-Sachs a 156 dólares? Cuando la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un dólar por acción.

El ir al desahucio financiero no constituyó una pérdida total. A cambio de mis doscientos cuarenta mil dólares obtuve un insomnio galopante, y en mi círculo social el desvelamiento empezó a sustituir al mercado de valores como principal tema de conversación…”

Groucho y yo (Groucho Marx)

Fuente: http://es.geocities.com/estoydebolsa/articulos/Groucho1929.html